Jesús Misericordioso, Jesús de la Misericordia

Jesús Misericordioso

[...] El Señor respondió: “Como soy justo y misericordioso y no hago juicio sin misericordia ni misericordia sin justicia, una vez más enviaré mi misericordia al mundo por los ruegos de mi Madre y de mis santos. Si los seres humanos no quieren escuchar, les seguirá una justicia que será, con mucho, la más severa”. (Revelaciones Celestiales de Santa Brígida de Suecia)

Jesús de la Misericordia

Palabras del Creador a la esposa sobre cómo su misericordia mantiene a los malvados en la existencia por una triple razón.

Libro 1 - Capítulo 25

Yo soy el Creador del Cielo y la tierra. Te preguntabas, esposa mía, por qué soy tan paciente con los malvados. Esto se debe a que soy misericordioso. Mi justicia los aguanta por una razón triple y también por una razón triple mi misericordia los mantiene. En primer lugar, mi justicia los aguanta de forma que su tiempo se complete hasta el final. Podrías preguntar a un rey justo por qué tiene a algunos prisioneros a quienes no condena a muerte, y su respuesta sería: ‘Porque aún no ha llegado el tiempo de la asamblea general de la corte, en la que pueden ser oídos, y donde aquellos que los oyen pueden tomar mayor conciencia’.

De forma parecida, Yo tolero a los malvados hasta que llega su tiempo, de manera que su maldad pueda ser conocida por otros también ¿No previne ya la condena de Saúl mucho antes de que se diera a conocer a los hombres? Lo toleré durante largo tiempo para que su maldad pudiera ser mostrada a otros. La segunda razón es que los malvados hacen algunos buenos trabajos, por los cuales han de ser compensados hasta el último céntimo. De esta forma, ni el mínimo bien que hayan hecho por mí quedará sin recompensa y, consiguientemente, recibirán su salario en la tierra. En tercer lugar, los aguanto para que se manifieste así la gloria y la paciencia de Dios. Es por esto que toleré a Pilatos, Herodes y Judas, pese a que iban a ser condenados. Y si alguien preguntara por qué tolero a tal o cual persona, que se acuerde de Judas y de Pilatos.

Mi misericordia mantiene a los malvados también por una triple razón. Primero, porque mi amor es enorme y el castigo es eterno y muy largo. Por eso, debido a mi gran amor, los tolero hasta el último momento para que se retrase su castigo lo más posible en la extensa prolongación del tiempo. En segundo lugar, es para permitir que su naturaleza sea consumida por los vicios, pues experimentarían una muerte temporal más amarga si tuvieran una constitución joven. La juventud padece una mayor y más amarga agonía en la hora de la muerte. En tercer lugar, por la mejora de las buenas personas y la conversión de algunos de los malvados. Cuando las personas buenas y rectas son atormentadas por los perversos, esto beneficia a los buenos y justos, pues les permite resistirse a pecar o conseguir un mayor mérito.

Igualmente, los malvados a veces tienen un efecto positivo en otras personas perversas. Cuando éstos últimos reflexionan sobre la caída y maldad de los primeros, se dicen a sí mismos: ‘¿De qué nos sirve seguir sus pasos?’ Y: ‘Si el Señor es tan paciente será mejor que nos arrepintamos’. De esta forma, a veces vuelven a mí porque se atemorizan de hacer lo que hacen los otros y, además, su conciencia les dice que no deben hacer ese tipo de cosas. Se dice que, si una persona ha sido picada por un escorpión, se puede curar cuando se le unte aceite en el que haya muerto otro alacrán. De forma parecida, a veces una persona malvada que ve a otro caer puede verse aguijoneado por el remordimiento, y curado, al reflexionar sobre la maldad y vanidad del otro.

Revelaciones Celestiales de Santa Brígida de Suecia


Jesús Misericordioso

La explicación de Cristo a la novia sobre el misterio inefable de la Trinidad y sobre como los pecadores diabólicos obtienen la misericordia de Dios a través de la contrición y la voluntad para mejorar, y Su respuesta en cuanto a cómo El le tiene misericordia a todos, tanto a judíos como a los demás, y sobre el juicio doble, es decir, la sentencia para aquellos que han de ser condenados y para aquellos que han de ser salvados.

Libro 3 - Capítulo 26

El Hijo habla: “Yo soy el Creador del cielo y de la tierra, uno con el Padre y el Espíritu Santo, el verdadero Dios. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios, no tres dioses sino un solo Dios. Ahora, te podrás preguntar, si hay tres Personas, ¿por qué no hay tres dioses? Mi respuesta es que Dios no es nada más que el poder en sí, la sabiduría en sí, la bondad en sí, de donde proviene todo el poder por debajo o por arriba de los cielos, toda la sabiduría y la bondad concebibles. Así, Dios es trino y uno, trino en Personas, uno en naturaleza. El poder y la sabiduría es el Padre, de quien provienen todas las cosas y quien es anterior a todo, derivando su poder de ningún lado más que de Sí mismo por toda la eternidad.

El poder y la sabiduría también son el Hijo, igual al Padre, derivando Su poder no de sí mismo sino engendrado inefablemente del Padre, el principio del principio, nunca separado del Padre. El poder y la sabiduría también son el Espíritu Santo, quien procede del Padre y del Hijo, eterno con el Padre y el Hijo, igual en majestad y en poder. Así, un Dios y tres Personas. Las tres personas tienen la misma naturaleza, la misma operación y voluntad, la misma gloria y poder.

Así, Dios es una esencia, pero las Personas son distintas en la calidad apropiada de cada una. El Padre está totalmente en el Hijo y en el Espíritu, y el Hijo está totalmente en el Padre y en el Espíritu, y el Espíritu está totalmente en ambos, en una naturaleza divina, no como previo y posterior sino de una manera inefable. En Dios no hay anterior ni posterior, nada mayor o menor que el otro, pero la Trinidad es total e inefablemente igual. Bien se ha escrito que Dios es grande y ha de alabarse grandemente.

Sin embargo, ahora puedo quejarme que soy poco alabado y soy desconocido por muchas personas, porque todos hacen su propia voluntad pero pocos siguen la Mía. Sed constante y humilde y no te exaltes en tu mente si te muestro las pruebas de otras personas, y no traiciones sus nombres a menos que se te instruya hacerlo. Sus pruebas no se te muestran para que los avergüences sino para que puedan convertirse y llegar a conocer la justicia y la misericordia de Dios. Tampoco deberías esquivarlos como condenados, porque aunque dijera hoy que cierta persona es malvada, si me llamase el día de mañana con una contrición y la voluntad de mejorar, estoy preparado para perdonarlo. Y esa persona a quien ayer llamé malvada, hoy, debido a su contrición, lo declaro ser un amigo Mío tan querido que, si su contrición permanece constante, le perdono no solo su pecado sino que remito el castigo del pecado.

Quizá entiendas esto con una metáfora. Es como si hubiesen dos gotas de mercurio y ambas se dirigiesen una a la otra en forma apresurada. Si nada excepto un único átomo quedara para evitar que se unan, aún así Dios sería suficientemente poderoso para prevenir que se junten. Así mismo, si cualquier pecador estuviese tan enraizado en actos diabólicos que estuviese parado al borde de la destrucción, todavía podría obtener perdón y misericordia, si llamase a Dios con contrición y la voluntad para mejorar. Ahora, dado que Soy tan misericordioso, podrías preguntarte por qué no soy misericordioso hacia los paganos y los judíos, algunos de los cuales, si fuesen instruidos en la verdadera fe, estarían prestos para dar su vida por Dios. Mi respuesta es que tengo misericordia por todos, por los paganos y por los judíos también, y ninguna criatura está más allá de mi misericordia.

Con indulgencia y misericordia juzgaré a aquellas personas que, aprendiendo que su fe no es la verdadera, ansían fervientemente por la verdadera fe, así como a aquellas personas que creen que la fe que profesan es la mejor, porque ninguna otra fe les ha sido predicada y quienes de todo corazón hacen lo que pueden. Ves, existe un juicio doble, es decir, aquel para aquellos que han de ser condenados y aquel para aquellos que han de salvarse. Las sentencias de condenación para los cristianos no tendrán misericordia. A ellos les pertenecerá el castigo eterno y sombras eternas, así como una voluntad endurecida en contra de Dios. La sentencia para aquellos cristianos que han de salvarse será la visión de Dios y la glorificación en Dios y la buena voluntad hacia Dios. Excluidos de estas recompensas están los paganos y los judíos, así como los malos y falsos cristianos. A pesar que no tenían la fe correcta, sí tenían conciencia como su juez y creyeron que aquel a quien adoraban y ofendían era Dios.

Pero aquellos cuya intención y acciones fueron por la justicia y son por la justicia y en contra del pecado, junto con los cristianos menos malos, compartirán un castigo de misericordia entre los sufrimientos, debido a su amor por la justicia y su odio por el pecado. Sin embargo, no tendrán el consuelo en el servicio de gloria y en la visión de Dios. No lo contemplarán debido a su falta de bautismo, ya que alguna circunstancia temporal o alguna decisión oculta de Dios los hizo retraerse de buscar y obtener beneficiosamente la salvación. Si no hubo nada que los retuviera de buscar al verdadero Dios y ser bautizados, ni el temor ni el esfuerzo requerido, ni la pérdida de bienes o privilegios, sino solo algún impedimento que superó su debilidad humana, entonces Yo, quien vio a Cornelio y al centurión mientras aún no se habían bautizado, se cómo darles una recompensa más alta y más perfecta de acuerdo a su fe.

Una cosa es la ignorancia de los pecadores y otra aquella de quienes son piadosos pero son impedidos. Así mismo, también, una cosa es el bautismo de agua y otra el de sangre; otra cosa es del deseo de todo corazón. Dios, quien conoce los corazones de todas las personas, sabe cómo tomar en cuenta todas estas circunstancias. Yo soy engendrado sin principio, engendrado eternamente desde el principio. Nací en el tiempo al final de los tiempos. Desde el inicio he sabido cómo darle a las personas individuales las recompensas que se merecen y darle a cada uno de acuerdo a lo que merece. Ni el bien más pequeño realizado para la gloria de Dios quedará sin su recompensa. Es por esto que debes darle muchísimas gracias a Dios que naciste de padres cristianos en la época de la salvación, porque muchas personas han ansiado obtener y ver lo que se les ofrece a los cristianos y, sin embargo, no lo han obtenido.”

Revelaciones Celestiales de Santa Brígida de Suecia


Jesús de la Misericordia

Misericordia y justicia de Dios y cuánto le importa al hombre responder a la inspiración divina. Cuéntase el castigo de uno que no lo hízo así.

Libro 4 - Capítulo 63

Yo soy el Creador de todas las cosas, dice Jesucristo a santa Brígida. Tengo delante de mí como dos hojas: en una está escrita mi misericordia, y en otra mi justicia. Así, pues, a todo el que se duele de sus pecados y propone no volver a cometerlos, le dice la misericordia, que mi Espíritu lo encenderá para hacer obras buenas; y al que de buena gana quisisere apartarse de estas vanidades del mundo, mi Espíritu lo hace más fervoroso. Pero al que está dispuesto, aún a morir por mí, lo inflamará tanto mi Espíritu, que yo estaré en él, y él en mí.

En la otra hoja está escrita mi justicia, la dual dice: A todo el que no se enmendare cuando tiene tiempo, y a sabiendas se aparta de Dios, ni lo defenderá el Padre, ni le será propicio el Hijo, ni lo inflamará el Espíritu Santo. Por consiguiente, ahora que es tiempo, considera la hoja de la misericordia; porque todo el que haya de salvarse, se purgará con el agua o con el fuego, esto es, con alguna penitencia hecha en esta vida, o con el fuego del purgatorio en la otra. A un hombre que tú conoces, le mostré estas dos hojas de la misericordia y de la justicia, y ha hecho burla de la hoja de mi misericordia, y lo que es malo, lo tiene por bueno; y como la garza sobre las otras aves, así éste quiere subir sobre todos, y por tanto, está en gran peligro, si no mira mucho por sí, porque morirá en medio de sus placeres, y será quitado del mundo de entre los que beben y juegan. Así acontecio; pues levantándose alegre de la mesa, aquella misma noche le dieron muerte sus enemigos.

Revelaciones Celestiales de Santa Brígida de Suecia


Jesús Misericordioso

Amorosas palabras de Cristo a su esposa, con la preciosa imagen de una noble fortaleza, que simboliza a la Iglesia militante, y sobre cómo la Iglesia de Dios será ahora reconstruida por las oraciones de la gloriosa Virgen y de los santos.

Libro 1 - Capítulo 5

Yo soy el Creador de todas las cosas. Soy el Rey de la gloria y el Señor de los ángeles. He construido para mí una noble fortaleza y he colocado en ella a mis elegidos. Mis enemigos han perforado sus fundamentos y han prevalecido sobre mis amigos, tanto que les han amarrado a estacas con cepos y la médula se les sale por los pies. Les apedrean los huesos y los matan de hambre y de sed. Encima, los enemigos persiguen a su Señor. Mis amigos están ahora gimiendo y suplicando ayuda; la justicia pide venganza, pero la misericordia invoca al perdón.

Entonces, Dios dijo a la Corte Celestial allí presente: “¿Qué pensáis de estas personas que han asaltado mi fortaleza?” Ellos, a una voz, respondieron: “Señor, toda la justicia está en ti y en ti vemos todas las cosas. A ti se te ha dado todo juicio, Hijo de Dios, que existes sin principio ni fin, tú eres su Juez. Y Él dijo: “Pese a que todo lo sabéis y veis en mi, por el bien de mi esposa, decidme cuál es la sentencia justa”. Ellos dijeron: “Esto es justicia: Que aquellos que derrumbaron los muros sean castigados como ladrones; que aquellos que persisten en el mal, sean castigados como invasores, que los cautivos sean liberados y los hambrientos saturados”.

Entonces María, la Madre de Dios, que al principio había permanecido en silencio, habló y dijo: “Mi Señor e Hijo querido, tú estuviste en mi vientre como verdadero Dios y hombre. Tú te dignaste a santificarme a mí, que era un vaso de arcilla. Te suplico, ¡ten misericordia de ellos una vez más!” El Señor contestó a su Madre: “¡Bendita sea la palabra de tu boca! Como un suave perfume, asciende hasta Dios. Tú eres la gloria y la Reina de los ángeles y de todos los santos, porque Dios fue consolado por ti y a todos los santos deleitas. Y porque tu voluntad ha sido la mía desde el comienzo de tu juventud, una vez más cumpliré tu deseo”. Entonces, él le dijo a la Corte Celestial: “Porque habéis luchado valientemente, por el bien de vuestra caridad, me apiadaré por ahora.

Mirad, reedificaré mi muro por vuestros ruegos. Salvaré y sanaré a los que sean oprimidos por la fuerza y los honraré cien veces por el abuso que han sufrido. Si los que hacen violencia piden misericordia, tendrán paz y misericordia. Aquellos que la desprecien sentirán mi justicia”. Entonces, Él le dijo a su esposa: “Esposa mía, te he elegido y te he revestido de mi Espíritu. Tú escuchas mis palabras y las de los santos quienes, aunque ven todo en mí, han hablado por tu bien, para que puedas entender. Al fin y al cabo, tú, que aún estás en el cuerpo, no me puedes ver de la misma forma que ellos, que son mis espíritus. Ahora te mostraré lo que significan estas cosas.

La fortaleza de la que he hablado es la Santa Iglesia, que yo he construido con mi propia sangre y la de los santos. Yo mismo la cimenté con mi caridad y después coloqué en ella a mis elegidos y amigos. Su fundamento es la fe, o sea, la creencia en que Yo soy un Juez justo y misericordioso. Este fundamento ha sido ahora socavado porque todos creen y predican que soy misericordioso, pero casi nadie cree que yo sea un Juez justo. Me consideran un juez inicuo. De hecho, un juez sería inicuo si, al margen de la misericordia, dejara a los inicuos sin castigo de forma que pudieran continuar oprimiendo a los justos.

Yo, sin embargo, soy un Juez justo y misericordioso y no dejaré que el más mínimo pecado quede sin castigo ni que aún el mínimo bien quede sin recompensa. Por los huecos perforados en el muro, entran en la Santa Iglesia personas que pecan sin miedo, que niegan que Yo sea justo y atormentan a mis amigos como si los clavaran en estacas. A estos amigos míos no se les da gozo y consuelo. Por el contrario, son castigados e injuriados como si fueran demonios. Cuando dicen la verdad sobre mí, son silenciados y acusados de mentir. Ellos ansían con pasión oír o hablar la verdad, pero no hay nadie que les escuche ni que les diga la verdad.

Además, Yo, Dios Creador, estoy siendo blasfemado. La gente dice: ‘No sabemos si existe Dios. Y si existe no nos importa’. Arrojan al suelo mi bandera y la pisotean diciendo: ‘¿Por qué sufrió? ¿En qué nos beneficia? Si cumple nuestros deseos estaremos satisfechos, ¡que mantenga Él su reino y su Cielo! Cuando quiero entrar en ellos, dicen: ‘¡Antes moriremos que doblegar nuestra voluntad!’ ¡Date cuenta, esposa mía, de la clase de gente que es! Yo los creé y los puedo destruir con una palabra. ¡Qué soberbios que son conmigo! Gracias a los ruegos de mi Madre y de todos los santos, permanezco misericordioso y tan paciente que estoy deseando enviarles palabras de mi boca y ofrecerles mi misericordia. Si la quieren aceptar, yo tendré compasión.

De lo contrario, conocerán mi justicia y, como ladrones, serán públicamente avergonzados ante los ángeles y los hombres, y condenados por cada uno de ellos. Como los criminales son colgados en las horcas y devorados por los cuervos, así ellos serán devorados por los demonios, pero no consumidos. Igual que las personas atrapadas en cepos no pueden descansar, ellos padecerán dolor y amargura por todas partes.

Un río de fuego entrará por sus bocas, pero sus estómagos no serán saciados y su sed y suplicio se reanudarán cada día. Pero mis amigos estarán a salvo, y serán consolados por las palabras que salen de mi boca. Ellos verán mi justicia junto a mi misericordia. Los revestiré con las armas de mi amor, que les harán tan fuertes que los adversarios de la fe se escurrirán ante ellos como el barro y, cuando vean mi justicia, quedarán en vergüenza perpetua por haber abusado de mi paciencia”.

Revelaciones Celestiales de Santa Brígida de Suecia


Jesús de la Misericordia

Palabras de mutua alabanza de la Madre y el Hijo, sobre la gracia concedida por el Hijo a su Madre para las almas del purgatorio y los que aún están en este mundo.

Libro 1 - Capítulo 50

María habló a su Hijo diciéndole: “¡Bendito sea tu nombre, Hijo mío, bendita y eterna sea tu divina naturaleza, que no tiene principio ni fin! En tu naturaleza divina hay tres atributos maravillosos de poder, sabiduría y virtud. Tu poder es como la más ardiente de las llamas ante la cual cualquier cosa firme y fuerte, así como la paja seca, pasará por el fuego. Tu sabiduría es como el mar, que nunca se puede vaciar debido a su abundancia, y que cubre valles y montañas cuando aumenta y las inunda. Es igualmente imposible comprender y penetrar tu sabiduría. ¡Qué sabiamente has creado a la humanidad y la has establecido sobre toda tu creación!

¡Qué sabiamente ordenaste a las aves en el aire, a las bestias en la tierra, a los peces en el mar, dando a cada uno su propio tiempo y lugar! ¡Qué maravillosamente a todo das la vida y se la quitas! ¡Qué sabiamente das conocimiento a los incipientes y se lo quitas a los soberbios! Tu virtud es como la luz del sol, que brilla en el cielo y llena la tierra con su resplandor. Tu virtud, de esa manera, satisface lo alto y lo bajo y llena todas las cosas. ¡Por eso, bendito seas Hijo mío, que eres mi Dios y mi Señor!”.

El Hijo respondió: “Mi querida Madre, tus palabras me resultan dulces, pues proceden de tu alma. Eres como la aurora que avanza en clima sereno. Tú iluminas los Cielos; tu luz y tu serenidad sobrepasan a todos los ángeles. Por tu serenidad atrajiste a ti al verdadero sol, es decir, a mi naturaleza divina, tanto que el sol de mi divinidad vino hasta ti y se asentó en ti. Por su candor, tú recibiste el candor de mi amor más que todos los demás y, por su esplendor, fuiste iluminada en mi sabiduría más que todos los demás. Las tinieblas fueron arrojadas de la tierra y todos los cielos se alumbraron a través de ti.

En verdad Yo digo que tu pureza, más agradable para mí que todos los ángeles, atrajo tanto a mi divinidad hasta ti que fuiste inflamada por el calor del Espíritu. En Él tú engendraste al verdadero Dios y hombre, resguardado en tu vientre, por el que la humanidad ha sido iluminada y los ángeles colmados de alegría. ¡Así, bendita seas por tu bendito Hijo! Y por ello, ninguna petición tuya llegará a mí sin ser escuchada. Cualquiera que pida misericordia a través de ti y tenga intención de enmendar sus caminos conseguirá gracia. Como el calor viene del sol, igualmente toda la misericordia será dada a través de ti. Eres como un abundante manantial del que mana toda la misericordia para los desdichados”.

A su vez, la Madre respondió al Hijo: “¡Tuyos sean todo el poder y la gloria, Hijo mío! Eres mi Dios y mi merced. Todo lo bueno que tengo viene de ti. Eres como una semilla que, aún sin ser sembrada, creció y dio cientos y miles de frutos. Toda misericordia emana de ti y aún, siendo incontable e indecible, puede simbolizarse por el número cien, que representa la perfección, pues todo lo perfecto y la perfección se deben a ti. El Hijo respondió a la Madre: “Madre, me has comparado correctamente a una semilla que nunca fue sembrada y aún así creció, pues en mi divina naturaleza Yo acudí a ti y mi naturaleza humana no fue sembrada por inseminación alguna y aún así crecí en ti, y la misericordia emanó desde ti para todos. Has hablado correctamente. Ahora, pues, porque extraes de mí misericordia por la dulzura de tus palabras, pídeme lo que desees y se te dará”.

La madre agregó: “Hijo mío, por haber conseguido de ti la misericordia, te pido que tengas misericordia de los desgraciados y los ayudes. Al fin y al cabo hay cuatro lugares. El primero es el cielo, donde los ángeles y las almas de los santos no necesitan nada más que a ti y te tienen, pues ellos poseen todo bien en ti. El segundo lugar es el infierno, y aquellos que viven allí están llenos de maldad, por lo que están excluidos de cualquier piedad. Así, nada bueno puede entrar en ellos nunca más. El tercero es el lugar de los que son purgados. Éstos necesitan una triple merced, pues están triplemente afligidos. Sufren en su audición, pues no oyen nada más que lamentos, dolor y miseria. Son afligidos en su vista, pues no ven más que su propia miseria. Son afligidos en su tacto, pues tan sólo sienten el calor del fuego insoportable de su angustioso sufrimiento ¡Asegúrales tu misericordia, Señor mío, Hijo mío, por mis ruegos!”.

El Hijo contestó: “Con gusto les garantizaré una triple misericordia, por ti. En primer lugar, su audición será aliviada, su vista será mitigada y su castigo será reducido y suavizado. Además, desde este momento, aquellos que se encuentren en el mayor de los castigos del purgatorio pasarán a la fase intermedia, y los que estén en la fase intermedia avanzarán a la condena más leve. Los que estén en la condena más leve cruzarán hacia el descanso”. La madre respondió: “¡Alabanzas y honor a ti, mi Señor!” Y, de inmediato, añadió: “El cuarto lugar es el mundo. Sus habitantes necesitan tres cosas: primera, contrición por sus pecados; segunda, reparación; tercera, fuerza para obrar el bien”.

El Hijo respondió: “A todo el que invoque mi nombre y tenga esperanza en ti junto con el propósito de enmienda por sus pecados, esas tres cosas se les darán, además del Reino de los Cielos. Tus palabras son tan dulces para mí que no puedo negarte nada de lo que me pidas, pues tú no quieres nada más que lo que Yo quiero. Eres como una llama brillante y ardiente por la que las antorchas apagadas se reencienden y, una vez reencendidas, crecen en fuerza. Gracias a tu amor, que subió hasta mi corazón y me atrajo a ti, aquellos que han muerto por el pecado revivirán y los que estén tibios, y oscuros como el humo negro, se fortalecerán en mi amor”.

Revelaciones Celestiales de Santa Brígida de Suecia


Jesús Misericordioso

Las palabras de Cristo a la novia sobre la naturaleza sin cambio alguno y a la duración eterna de su justicia, y sobre cómo, después de tomar la naturaleza humana, reveló su justicia a través de su amor en una nueva luz, y sobre cómo ejerce con ternura la misericordia hacia los condenados y les enseña suavemente la misericordia a sus caballeros.

Libro 2 - Capítulo 12

“Yo soy el verdadero Rey. Nadie merece ser llamado rey excepto yo, porque todo el honor y todo el poder provienen de mí. Yo soy aquel quien rindió juicio sobre le primer ángel que cayó por orgullo, la avaricia y la envidia. Soy aquel quien rindió juicio sobre Adán y Caín, así como sobre todo el mundo, enviando el diluvio debido a los pecados de la raza humana. Soy el mismo que permitió que el pueblo de Israel llegase a ser cautivo y milagrosamente lo guié fuera del cautiverio con signos milagrosos. Toda la justicia ha de encontrarse en mí. La justicia siempre estuvo y está en mí sin principio ni fin. En ningún momento disminuye en mí sino permanece en mí fiel y sin cambio alguno. A pesar que en el tiempo actual mi justicia parece estar un poco más benigna y Dios parece ser ahora un juez más paciente, esto no representa cambio en mi justicia, la cual nunca cambia, sino únicamente muestra aún más mi amor. Ahora juzgo al mundo con esa misma justicia y ese mismo juicio que con los que permití que mi pueblo se convirtiera en esclavo en Egipto y que sufriera en el desierto.

Mi amor estuvo escondido antes de mi encarnación. Lo mantuve escondido en mi justicia como la luz oscurecida por una nube. Una vez ya había tomado una naturaleza humana, a pesar que había cambiado la ley dada anteriormente, la justicia en sí no cambió sino estuvo mucho más claramente visible y se mostró bajo una luz mucho más abundante en el amor a través del Hijo de Dios. Esto sucedió de tres maneras. Primero, se mitigó la ley, ya que había sido severa por culpa de los pecadores desobedientes y endurecidos y era difícil poder amaestrar a los orgullosos. Segundo, el Hijo de Dios sufrió y murió. Tercero, ahora mi juicio parece estar más alejado y parece haberse pospuesto por la misericordia y, al mismo tiempo, ser más benigno hacia los pecadores que antes. Ciertamente, los actos de justicia relacionados a los primeros padres o al diluvio o a aquellos que murieron en el desierto, parecen ser rígidos y estrictos. Pero la misma justicia todavía está conmigo y siempre ha estado. Sin embargo, ahora la misericordia y el amor son más aparentes. Anteriormente, por razones sabias, el amor estaba escondido en la justicia y se exhibía con misericordia, aunque de una manera más escondida, porque nunca hice justicia y nunca la hago sin tener misericordia, ni tengo bondad sin justicia. Ahora, sin embargo, puedes preguntarte: si muestro misericordia en toda mi justicia, ¿de qué manera soy misericordioso con los condenados? Te responderé por medio de una parábola.

Es como si un juez estuviese en un juicio y su hermano llegase a ser sentenciado. El juez le dice: ‘Tu eres mi hermano y yo soy tu juez y, a pesar que te amo sinceramente, no puedo actuar en contra de la justicia y tampoco sería correcto que lo hiciera. En tu conciencia ves lo que es justo en relación a lo que mereces. Es necesario sentenciarse acordemente. Si fuese posible ir en contra de la justicia, gustosamente tomaría la sentencia para mí.’ Yo soy como ese juez. Esta persona es mi hermano debido a mi naturaleza humana. Cuando él viene a ser juzgado por mí, su conciencia le informa de su culpa y él comprende lo que debería de ser su sentencia. Debido a que soy justo, le respondo al alma – hablando en forma figurada – y le digo: ‘Tu ves en tu conciencia todo lo que es justo para ti. Dime lo que mereces.’ Entonces el alma me responde: ‘Mi conciencia me informa sobre mi sentencia. Es el castigo que me merezco porque no te obedecí.’ Yo respondo: ‘Yo, tu juez, tomé sobre mí todos tus castigos y te hice saber del peligro, así como de la forma para escapar al castigo. Era una justicia simple el hecho que tu no pudieses entrar al cielo antes de expiar tu culpa. Yo tomé tu expiación porque eras incapaz de soportarla tu solo.

A través de los profetas yo te enseñé lo que me pasaría y no omití detalle alguno de lo que predijeron los profetas. Te mostré todo el amor que pude para hacer que regresaras a mí. Sin embargo, debido a que te has alejado de mí, mereces ser sentenciado, porque despreciaste la misericordia. Sin embargo, aún así soy todavía tan misericordioso que si fuese posible morir nuevamente, por tu bien yo nuevamente soportaría el mismo tormento que una vez soporté en la cruz, en vez de verte sentenciado a tal sentencia. Sin embargo, la justicia dice que es imposible para mí morir nuevamente, aunque la misericordia me diga que quiero morir por tu bien nuevamente, si fuese posible. Así es lo misericordioso y amoroso soy, aún hacia los condenados. Yo amo a la humanidad desde el inicio, aún cuando yo parecía estar enojado, pero a nadie le importó ni le puso atención a mi amor.

Debido a que soy justo y misericordioso, les advierto a los llamados caballeros que deberían buscar mi misericordia, no sea que mi justicia los encuentre. Mi justicia es tan inamovible como una montaña, quema como el fuego, es tan aterradora como el trueno y tan repentina como un arco con una flecha. Mi advertencia es triple. Primero, les advierto como lo hace un padre a sus hijos, para hacer que regresen a mí, porque soy su Padre y Creador. Deja que regresen y les daré el patrimonio que les corresponde por derecho. Deja que regresen porque, a pesar que he sido desdeñado, aún así les daré la bienvenida con alegría y saldré a recibirlos con amor. Segundo, les pido como hermano que recuerden mis llagas y mis obras. Deja que regresen y los recibiré como a un hermano. Tercero, como su Señor les pido que regresen al Señor a quien le han prometido su fe, a quien le deben su alianza y a quien se han jurado a sí mismos por juramento.

Por lo tanto, o caballeros, regresen a mí, su padre, quien los crió con amor. Piensen en mí, su hermano, quien se hizo uno de ustedes por su propio bien. Regresen a mí, su Señor amable. Es altamente deshonesto prometer su fe y alianza a otro señor. Me prometieron que defenderían mi iglesia y que ayudarían a los necesitados. ¡Vean ahora cómo le prometen alianza a mi enemigo y tiran mi bandera e izan la bandera de mi enemigo!

Por lo tanto, oh caballeros, regresen a mí en verdadera humildad, ya que me desertaron por medio del orgullo. Si algo parece ser difícil de soportar por mí, ¡tomen en cuenta lo que yo sufrí por ustedes! Por sus bienes, fui a la cruz con mi pies sangrando; mi manos y mis pies fueron perforados por ustedes; no escatimé extremidad alguna por ustedes. Y sin embargo, ignoraron todo esto alejándose de mí. Regresen, y les daré tres clases de ayuda. Primero, fortaleza, para que puedan soportar a sus enemigos físicos y espirituales. Segundo, una generosidad valiente, para que no teman a nada más que a mí y que consideren una alegría el esforzarse por mí. Tercero, les daré sabiduría para que puedan comprender la verdadera fe y la voluntad de Dios. Por lo tanto, ¡regresen y pronúnciense como hombres! Porque yo, que les doy esta advertencia, soy el mismo a quien sirven los ángeles, el que liberó a sus primeros padres que eran obedientes pero que sentenciaban al desobediente y humillaban a los orgullosos. Fui el primero en la guerra, el primero en el sufrimiento. Síganme, entonces, para que no sean derretidos como la cera por el fuego. ¿Por qué están rompiendo sus promesas? ¿Por qué desdeñan su juramento? ¿Soy de menor valor o más indigno que algún amigo mundano de ustedes a quien, una vez le prometen su fe, lo cumplen? A mí, sin embargo, el dador de la vida y del honor, el conservador de la salud, no le rinden lo que han prometido.

Por esta razón, buenos caballeros, cumplan su promesa y, si son demasiado débiles para hacerlo por medio de obras, ¡por lo menos tengan la voluntad de hacerlo! Siento compasión por la esclavitud que el demonio ha impuesto sobre ustedes, así que aceptaré su intención como una obra. Si regresan a mí en amor, entonces afánense en la fe de mi iglesia y saldré a encontrarlos como un padre amoroso junto con todo mi ejército. Les daré como recompensa cinco cosas buenas. Primero, en sus oídos sonará siempre una alabanza sin fin. Segundo, el rostro y la gloria de Dios siempre estarán delante de sus ojos. Tercero, la alabanza a Dios nunca dejará sus labios. Cuarto, tendrán todo lo que sus almas puedan desear, y no desearán nada más de lo que tienen. Quinto, nunca serán separados de su Dios, pero su alegría perdurará sin fin alguno y vivirán sus vidas en alegría sin final.

Así serán sus recompensas, mis caballeros, si defienden mi fe y se esfuerzan, más por el bien de mi honor que por su propio honor. Si tienen algún sentido, recuerden que he sido paciente con ustedes y que ustedes me han insultado de tal manera que ustedes mismos no tolerarían. Sin embargo, a pesar que puedo hacer todas las cosas por razón de mi omnipotencia, y a pesar que mi justicia clama vengarse en ustedes, aún así mi misericordia, la cual está en mi sabiduría y bondad, los perdona. Por lo tanto, ¡pidan misericordia! En mi amor otorgo lo que una persona me pide en humildad.”

Revelaciones Celestiales de Santa Brígida de Suecia


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